Las cosas que me enseñó mi perro antes de partir

Creo que en el punto en el que le abrís las puertas de tu corazón a una mascota tu vida cambia para siempre. En particular, creo que hay pocos amores como el que te puede dar un perro y no es que esté en contra de otras especies, es simplemente que quizá vivo enamorada de los perros por que los míos tienen una gran parte de mi.

Pringa llegó a mi vida un 14 de Febrero del 2002, una bola de pelos gris y mínima, con la nariz más adorable del mundo y con la energía de un cohete espacial. Con un gran carácter y una estatura pequeña nos flechó el corazón y pronto se volvió un miembro más de nuestra familia.
Consentida, tenía su propio lugar en la cama de cada uno, en los sillones, en las alfombras y su propio sleeping bag, tenía su manera de comer y hasta la temperatura adecuada para sus alimentos. Sé que hay personas que se molestan por que los perros duerman en las camas pero quizá nunca han visto los adorables ojos de un canino que te pide con ternura estar junto a vos; yo sí y sé que es IMPOSIBLE resistirse a eso ( o al menos a mi me parece imposible).

Pringa, mi perro gris pero con corazón de colores, partió al cielo perruno dejándome con un hoyo de esos que te dejan sin aliento por más de un día, luego de más de 10 años de compartir conmigo y con mi familia todo su amor. Por ello, es que hoy decidí escribir un poco sobre todo lo que me enseñó mi gorda y que espero le pueda servir a más de alguno por ahí.

1. El silencio también es una forma de hablar

La manera de expresar emociones de los perros, para mi, es todo un misterio. Su forma de ser felices parece que estuviera siempre conectada con su gran fé en que todo siempre estará bien (esa es una gran lección) y que nada va a pasar si estás a su lado.

Cuando tienes un perro al que amas, aprendes a leer cada parte de el, sabes cuando está enfermo y cuando esta triste, sabes cuando necesita de tu compañía y parece que ellos también hacen eso con nosotros.
Recuerdo las miles de veces que se recostó sobre mi, ahuyentando la soledad, mi pringa estuvo ahí en momentos difíciles y en madrugadas donde tenía que quedarme despierta trabajando o estudiando; con su silencio me acompaño y me aconsejo; su “silencio” era nuestra mejor conversación y sus lengüetazos en mis mejillas el mejor remedio contra los días complicados.

Gracias a ella conocí el valor incalculable de guardar silencio, de que no siempre tenes que tener la palabra adecuada y que un gesto lleno de amor puede hacer que la tristeza se aparte de vos.

2. Más paciencia y más perdón

Ni siquiera puedo contar las veces que mi perro me perdonó y que me tuvo paciencia. Pringa me enseño bien el valor de esperar, para mi esta lección es importante ya que me cuesta tener paciencia y gracias a Dios por sus pruebas que me hacen desarrollarla un poquito más cada vez.

Los perros te esperan para todo, para que les sirvas su comida, que los saques de paseo, que los acaricies, los bañes, entre mil cosas más. Saber tener paciencia para confiar en que todo tiene su momento debajo del cielo, es crucial para poder vivir en tranquilidad.

Mi pringa no solo me esperó siempre si no que me perdonó en el instante, si la dejaba sola mucho tiempo al volver a casa en lugar de reprocharme con alguna mordida o ignorándome, movía todo su cuerpo en estado de extrema felicidad por volverme a ver.

Es impresionante lo fácil que era para ella perdonar, aún las horribles veces que sin querer patié alguna de sus patitas, en el momento yo era perdonada. Creo que esto hace que ellos vivan en extrema felicidad, el poder soltar el dolor y el resentimiento tan rápido los hace libres.

3. Defender mi espacio

Muchos que conocieron a mi gorda, saben de sobra que era un poquiiiito temperamental con quienes no conocía. Mi Pringa me enseñó a que un “No” era “NO” sin explicaciones ni absurdas excusas. Ella, obviamente, no mentía nunca, por lo tanto era más fácil solo decir: “no, no quiero que te acerques mucho a mi” y aunque era una reacción inesperada, ella no necesitaba darte explicaciones, solo no quería y ya.

Me enseño a que tener compañía es tan necesario, a veces, como estar solo. Así que si bien ella “solo era una pequeña canina” sabía muy bien esta lección y no tenía miedo a aplicarla como era lo justo.

Sin miedo a decir no, sin miedo a querer estar sola, así era.

4.  No hay forma de detener el tiempo, sé agradecido por lo que tienes

Si algo admiré de mi gorda es la capacidad para vivir al día a día, esto es algo que creo comparten los perrunos. Ellos van por la vida sin preocupaciones por el mañana, hoy es hoy y mañana será otro día. Es como que supieran bien que lo único real es el momento que están viviendo, por lo tanto, nada puede hacer que se preocupen demasiado.

No tener ese miedo al futuro que muchas veces nos agobia, es precisamente lo que hace que un perro viva tan tranquilamente y sobre todo tan agradecido por el momento, es como que si no estuviesen esperando demasiado, saben que tendrán su comida (inserte aquí cualquier necesidad) y saben que si no, eventualmente llegará, así que ¿por qué preocuparse?

Mi pringa, esa bola de pelos que llegó a mi casa y a mi corazón con solo meses de haber puesto una patita en este mundo, partió con varias canas ya encima y con ella se fue gran parte de mis mejores recuerdos y uno de los amores más puros que ha tocado a mi puerta.

Se fue pero me enseñó muchas veces a ver la vida a través sus pequeños ojos claros, me enseño tantas cosas sin hablar. Gracias a Dios por ese amor tan grande por medio de nuestras mascotas.

Gracias por haberme permitido conocer un tipo de amor sin egoísmo.

Hasta siempre mi gorda.